Señor presidente, mi tío estaba loco. Quizás se parecía más a Phileas Fogg que a Don Quijote. Pero tenía mucho de ambos. Su bigote era llamativo y, por esas épocas, permanecía negro pese al platinado de su cabellera. No usaba trajes viejos, pero estaban hechos jirones. ¡Era cosa de verse! Acostumbraba usar galera… ¡Todo un personaje!
No recuerdo bien cuándo empezó todo señor Viola, pero faltaba por lo menos un año para dicho 9 de Julio. Él ya prestaba extrema atención a todo lo que pudiese saber sobre el Centenario, el festejo correspondiente, los desfiles... Estaba obsesionado y solía ser de los más informados aristócratas de Tucumán.
Lo que sí recuerdo con más detalle, es su reacción ante la noticia. Era 1915. Estábamos en la plaza dando un paseo. El tío Julio casi se desmaya al oírlo de un viejo amigo. El festejo principal se daría en Buenos Aires. ¿Se imagina su reacción señor?
Don Julio, que se preciaba de ser todo un intelectual pese a su origen humilde, no podía comprenderlo.
-La Independencia fue declarada aquí. ¡¿Qué sentido tiene festejarlo allá?!- Gritaba mientras todos los ciudadanos se volteaban a ver.- Me lo voy a perder.- Dijo finalmente, con amargura.
Al descubrir que su principal preocupación era perderse los actos, lo calmé diciéndole que encontraría la forma de viajar. Aunque no tenía más de quince años, entendí que, en ese momento, yo era el grande. Yo debía contenerlo a él. Pero al decirle eso sembré una idea sin imaginar lo que acabaría pasando.
Sin desviarnos demasiado, para 1916 ya era un hombre distinto. Comenzó a escuchar tango. Tenía cierta obsesión con Jorge Newbery e investigaba demasiado sobre la vida del aviador y sus recientes hazañas. Eso debió haberme alertado, pero no lo hizo. Más tarde, me enteré de que el joven ídolo popular había muerto piloteando un avión. Al enterarme, un escalofrío me recorrió la espalda, no sabría decirle bien por qué.
Él siempre hizo experimentos raros y solía fabricar maquetas o jugar con químicos, sin embargo, para ese año su actividad se volvió mucho más intensa. Su vida se basaba en experimentar. Era verborrágico, hiperactivo, impaciente y, aún peor: Se estaba quedando sin tiempo.
-¿Tiempo para qué?- Le pregunté en una ocasión.
Don Julio hizo un ademán para que mirara con atención su despacho. Entonces descubrí lo que planeaba y confirmé lo que ya le dije: Estaba loco. Toda la ciudad lo insinuaba pero ese episodio fue una prueba contundente. Me mostró un calendario donde una fecha estaba marcada. Nueve de Julio. Viajaría. Todos los pequeños monoplanos que colgaban del techo… Hasta ese momento no me significaban nada. Recordé aquella tarde en la plaza y la conciencia me torturó afirmando que era culpa mía.
-¿Viajarás en avión?- Le pregunté temblando.
-En globo- Me miró con picardía.- Partiré el ocho después de cenar para volver el diez en la madrugada.
Me quedé pasmado. Viajar de Tucumán a Buenos Aires en globo. ¿Se lo imagina? ¡Pretendía ir y volver en menos de treinta y seis horas! Lo repito, estaba loco. Continuó contándome de su aeronave:
-Compré los manteles de todas mis vecinas y rellené los agujeros con mis camisas viejas. El Huracán II será vistoso; y colorido. Glorioso.- Estaba entusiasmado.
Me habló de cómo diseñó la estructura y de cómo consiguió las piezas más importantes de un inmigrante alemán; hecho que no me consta. Su idea era poco ortodoxa pero brillante. Un mes después, toda la ciudad lo sabía. Las burlas no acababan jamás. Él estaba aislado, sin embargo, la fecha se acercaba y continuaba con los preparativos. Nada parecía importarle. Era un hombre terco, nadie hubiera podido sacarle la idea de la cabeza.
La noche de la partida, mi longevo pariente cenó en casa. Mamá afirmó mil veces no saber por qué se lo consideraba un desquiciado. Papá bufaba ante cada afirmación del tío.
Una vez acabado el postre, el invitado se puso su sobretodo y me pidió que me abrigue para acompañarlo. Mi padre protestó. Mamá lo puso en su lugar. El hombre no destacaba por su carácter. Los ojos de Julio brincaban de aquí para allá.
Era invierno y la noche estaba helada. De milagro, no había llovido en toda la semana. Los caballos se batieron en una feroz batalla por llegar, antes que el rival, al descampado. El Huracán II estaba más allá de la Ciudadela.
Casi llegando al lugar, mi acompañante dejó unos halagos para Manuel Belgrano y su gesta. También me contó sobre un viejo fortín utilizado por los Unitarios no muy lejos de allí. No solía entrar en polémicas respecto a la historia argentina. Para él todos eran buenos porque, según su opinión, si no hubieran actuado en el escenario nacional, Argentina no hubiera sido el país grande y rico que era por aquellos años. Ni Morenistas, ni Saavedristas, ni Unitarios, ni Federales, no era adepto a tomar partido en ese tipo de debates.
Finalmente llegamos y vi el globo terminado por primera vez. Era imponente. No podía creer que tamaña nave fuera obra de una sola persona. Mi tío estaba realmente loco, lo digo por cuarta vez y no me importa hartarlo con el tema. Me pregunté qué hubiera sentido el piloto del Huracán original. ¿Orgullo? Tal vez. Newbery fue tan temerario como don Julio Suárez.
Pero parecía un remiendo gigante. Pese a su tamaño y majestuosidad, dudé seriamente que pudiera volar.
Él bajó de su caballo y corrió a ver que todo estuviera en orden. Después se volteó hacia mí para decir:
-Es tarde Germán. Vuelve a casa a descansar. Mañana es el Centenario de la Independencia.- Iba a replicarle. Debía hacerlo. Pero entonces, su entusiasmo se fue dando paso al enojo. Tenía que irme. Me arrojó un libro que llevaba en su sobretodo mientras me echaba. Era un aburrido libro de historia.- ¡Para que valores lo que va a suceder mañana!- Dijo tras regañarme por quedarme quieto.
Llegué a casa con ambos caballos y pasé directo a la cama.
Los hechos del 9 de Julio, señor Viola, no son relevantes. Ni rastros de mi tío Julio. Solo le diré que leí el libro que me dio y me sentí realmente importante por la época en que vivía. Transité el siglo XIX por unos meses y estuve presente en el Centenario de la Patria. De corazón agradezco a aquel hombre por eso.
El Diez de Julio fui al descampado cerca del mediodía. Don Julio me pidió que le llevara un caballo y así lo hice.
Mi sorpresa fue mayor de lo que esperaba al ver el globo tal como lo había dejado, con mi tío dormido en él. Cuando grité su nombre despertó sobresaltado. Afirmó que había llegado unas horas antes y que estaba agotado.
Se puso la galera para narrar detalladamente su aventura. Me contó sobre Buenos Aires, los desfiles, los monumentos, los cañonazos…
-¿Cuántos?- Le pregunté con interés fingido.
-¡Veintiuno!- Contestó con los ojos bien abiertos.
Dijo haber escuchado a alguien gritando “Viva la anarquía” en un desfile y me habló del revuelo resultante en la multitud. Sin intención de ofender su memoria señor, pero no le creí absolutamente nada. Impostando mi curiosidad por el viaje lo llevé a almorzar a casa.
¡Fue la comida más animada que tuve en años! Sus historias, contadas con excelente calidad de lenguaje y expresión circense captaron la atención de la mesa completa sin importar qué tan verídico fuese el relato. Reímos hasta llorar. Todo estaba bien, pero finalmente mi padre afirmó (con muy poco tacto) que Julio no había viajado realmente. El hermano mayor de mi madre se contuvo y se limitó a decir que todo era cierto.
-¿No lo habrá soñado don Julio?- Papá abrió una herida y echó alcohol sobre el alma de mi pobre tío.- Germán dice que lo encontró durmiendo…
Julio dejó de contenerse y salió de la habitación gritando que éramos todos unos idiotas, que él era sólo un genio incomprendido y que la historia se acordaría de él. Muy a mi pesar, se recluyó en su casa. Puedo contar con los dedos de mano las veces que lo volví a ver. Su globo fue desmantelado por los vagabundos…
Respondiendo a su pregunta, presidente… Yo creo que sí viajó. Una semana más tarde me enteré del atentado contra Victorino de la Plaza. Dicen que el tirador gritó “Viva la anarquía” antes de ser apresado. Después me contaron que, como parte de las festividades, se dispararon veintiún cañonazos… No soy de creer en coincidencias. Es imposible soñar o inventar ambas cosas y que guarden tanta similitud con la realidad.
A fin de cuentas… Julio tenía razón. La historia se acordó de él. No en vano, usted me buscó para oír este relato. La interpretación del mismo queda a su criterio.
Aunque creo que faltan como treinta y pico de años… Me gustaría que usted haga algo para que el Bicentenario se festeje en Tucumán, señor. Por la memoria de mi tío… ¿Podría?
Fin.
Le-Jacarandá.