-Nos vemos mañana muchachos. Recuerden dormir bien.- La voz era potente- Mañana nos queda un día difícil y debemos pulir los detalles finales.- El entrenador se veía satisfecho con respecto a otros entrenamientos. Había trabajado duro desde su última derrota remontando la mala racha. Quedaban ya muy pocos pendientes para el próximo partido.
Los jugadores se juntaron en los vestuarios pocos minutos después. Allí tenían todo lo necesario para salir a la calle: sus pelucas, prendas particulares, lentes oscuros y gas lacrimógeno. Todo lo que necesitaban para no verse relacionados con ningún cuadro y en caso de suceder, simplemente para defenderse. “El barrio está peligroso” rezaba con mucha razón un rap rosarino que aplicaba, a su vez, para todos los barrios argentinos. Se dividieron en grupos de tres o cuatro para salir por los diferentes accesos de la Fortaleza granate. Así, camuflados como estaban, salieron sin llamar la atención de cientos de hinchas violentos que se aglutinaban en las puertas.
Mario se refugió en su pequeña oficina y pidió que le trajeran el periódico. Se preparó un café antes de sentarse tras el escritorio e intentar distenderse. Puso las manos en la nuca y se echó hacia atrás mientras miraba los cuadros en la pared. Una camiseta con la distintiva banda roja y el número catorce colgaba enmarcada en medio de los diarios recortados. Su campeonato como jugador, su ascenso como DT y otras noticias relacionadas con él estaban encuadradas en madera costosa.
El asistente llegó con lo que su jefe había pedido. Era tarde pero aún no había leído ni los titulares. El entrenador pudo entonces mirar muchos encabezados interesantes: La negativa de otro futbolista a retirarse en Argentina y más hinchas muertos hacían que el fútbol saltara de la sección “deportes” a las columnas de opinión.
Una nota lo puso realmente nervioso: “Confirman la presencia de la presidente en el enfrentamiento de Lanús con Boca”. Continuó leyendo con manos trémulas. “El agente de prensa de Casa Rosada confirmó a los medios la presencia de la mandataria en el Estudio Principal. La doctora Mizrhai asistirá el domingo para ver al club de sus amores. Esto pone sobre los hombros de Morigna la responsabilidad de ganar o ganar ante el conjunto de La Boca.”
Pablo llegó tarde a casa esa noche, aunque nadie lo esperaba. Venía acompañado por uno de sus amigos: Un zaguero central de origen humilde llamado Juan. La atmósfera era lúgubre. Llovía fino y el frío era fatal. El anfitrión estaba nervioso, efervescente. Su invitado en cambio, se veía desganado.
Entraron al departamento donde el dueño de casa sacó unas hamburguesas de pescado para calentar. Era una conveniente solución para el tema de la comida en días así. Se sentaron a la mesa y el invitado encendió la televisión.
Ambos contrastaban de un modo sorprendente. Pablo tenía apenas veinte años, venía de una familia de clase media y solo había entrado a la cancha como suplente un par de veces. Juan, en cambio, provenía de una familia humilde y tenía ya su trayectoria en el futbol contando con treinta y cuatro años. Sin embargo, ya nada lo sorprendía y parecía tener más ganas de irse que de cualquier otra cosa.
-No voy a entrenar mañana.- Dijo luego de tragar un buen bocado.
-¿Qué?- Pablo se sorprendió ingratamente.
-No voy a entrenar, ya escuchaste.- El golpeteo de la lluvia en el techo hacía difícil oír el partido en la TV. Juan hizo un comentario sobre la jugada que acababan de ver.
-Sos el capitán. No podés fallarnos ahora.- El tono de Pablo se tornó solemne, como el de un padre que recuerda sus obligaciones a su hijo.- “Si disminuyes la marcha, ellos se detienen.” Sos el ejemplo, no podés faltar y…- Tomó aire.- ¿Cómo pensás jugar si no vas a entrenar?
-Tampoco voy a jugar.- Contestó casi sin inmutarse.- Me harté.
-¿De qué?- Hubo un instante de silencio.
-De todo.- Aspiró por la boca.- De salir disfrazado, de jugar bajo la presión de Morigna, de la presidente, del club…- Iba enumerando con los dedos.- También me harté de los estudios… me hacen sentir encerrado… Me harté del fútbol. ¿Sabés? En el resto del mundo es tan diferente…
-Lo es…- Suspiró.
-Los estadios…- Un nuevo suspiro sucedió al de Pablo.- Como antes de que nacieras. Podías ver los partidos como en un teatro.-Se metía más comida en la boca como si la conversación no fuera más que un simple comentario sobre el clima. Lucía abstraído. Tragó y volvió a hablar.- Vos sos un pibe, lleno de ilusiones y sueños… Como yo hace diez años. Pero pasó el tiempo y ascendí en el mundo del fútbol pero mi emigración se volvía cada vez más improbable. Los ataques se volvieron cada vez peores y de a poco caí en la cuenta de que no llegaría a los “teatros”. El juego comenzó a perder su gracia y mis ganas… Se pudrieron.
-Está bien. Te entiendo. Pero no voy a dejar que lo hagás.
-¿Por qué?-El mayor se burló usando las manos como recurso escénico.
- Porque, de este lado de la tele, hay muchos “pibes llenos de ilusiones” que no ven el lado oscuro de todo esto. Capaz que diez o quince años de carrera te hicieron olvidarte de eso.- Los ojos de Juan brillaron en medio de aquel rostro moreno. Pablo había movilizado algo en su interlocutor.- Ellos no esperan verme a mí. Ni me conocen. Esperan verte a vos entrando sonriente con la “dos” y la cinta de capitán. ¿A ellos qué les vas a decir?
El invitado no contestó. Ayudó con la mesa y se volvió a disfrazar antes de irse. Se despidió de Pablo y agradeció la comida. Luego se marchó del departamento.
-¡JUAN!- Gritó Pablo de repente.
-¿Qué pasa?- Preguntó desde el pasillo.
-Tomá un paraguas. Llueve mucho.- El más joven se lo entregó en la mano.- Nos vemos mañana.- Juan asintió. Misión cumplida.
Morigna se levantó diez minutos antes de lo usual por lo que llegó al club antes que cualquiera. Los jugadores empezaron a aparecer uno por uno y el entrenamiento comenzó media hora tarde. El DT tenía los pelos de punta y no pudo mantener la calma ante ciertas desprolijidades. Estaba nervioso y esto se traducía en un comportamiento irritable.
Finalmente llegó el momento de otorgar las titularidades definitivas. Mario lo hacía de un modo muy particular: tomaba la camiseta y enseñaba el dorsal y se la entregaba al jugador. Así uno a uno.
Primero, tomó una camiseta negra, la del arquero. En la espalda estaba el número uno. Martínez. Un titular indiscutido. Una vez entregada agarró la “dos”, Juan. También le dio la cinta de capitán poniendo a Gallego como segundo central. Ortiz como lateral por izquierda… Nada nuevo.
Entonces llegó el momento de anunciar al lateral derecho. Todos contenían la respiración sabiendo a quién había elegido. Número: Quince. ”P. Rizzardo.” Pablo.
-Por ser rápido, incisivo y efectivo. Se lo ha ganado.- Dijo el entrenador abriendo los brazos con un pedido implícito de aplauso. El rumor de las manos chocando alegraba a todos. Lo había logrado, escalón por escalón. Había entrado de suplente, había tenido minutos y había entrenado tanto…
Una vez acabada la práctica, Mario le pidió a Pablo que se quedara un momento a conversar con él. Este hizo caso y postergó la hora de los disfraces.
-¿Sabías, Pablo, que mi trabajo está en juego?- Preguntó el entrenador intentando parecer tranquilo.
-Se lo juro señor, no... –El jugador temblaba.
-¿Sabías que la presidente va a vernos no?- Soltó una risa breve y amarga.- Si ella lo dispone… puedo terminar en la calle.
-Y… ¿Para qué me cuenta esto señor?- Estaba asustado. No sabía qué esperar. Junto a las orejas de su mentor había un par de canas y el bigote que alguna vez fue negro se alzaba hacia la nariz en movimientos involuntarios.
-Porque quiero que sepás lo que está en juego.- A Pablo le costaba hacerse a la idea de que alguna vez Morigna estuvo en su lugar, incluso jugaba de “cuatro” como él. Poner esa carga sobre los hombros de un jugador le parecía una mala idea. Sin embargo no lo expresó en voz alta por miedo a perder su puesto.
Su corazón latía rápidamente esperando que el DT agregue algo.
-Pero… No voy a exigirte nada. Quiero darte un mensaje… Algo así como mi testamento, para que lo cumplás si no tengo continuidad.- Hizo una pausa para que las palabras repercutieran en su pupilo.- Si me echan, prometeme que nunca vas a perder ese entusiasmo de joven.- Realmente sonaba como un testamento, un legado.- Que sea parte de vos y que sea contagioso. Sólo eso puede salvar a nuestro fútbol de la mugre en que se ha metido. Solo eso va a producir el cambio.- Pegó la media vuelta y se fue sin despedirse por lo que las palabras se grabaron a fuego en Pablo.
Salió del entrenamiento y llegó a casa. Se acostó a dormir lleno de dudas pero tenía algo en claro: debía jugar bien y no perder el entusiasmo.
Al día siguiente, todo el plantel se reunió en el Estudio Principal. En el vestuario. Una vez estuvieron todos ahí, la presidente entró con una custodia importante para dar sus palabras de aliento. Vestía un clásico traje negro aunque bajo el saco podía verse la camiseta granate de Lanús. Se dirigió a los muchachos con un simple “confío en ustedes”. Pablo agudizó la mirada al ver que algo brillaba en la muñeca de un guardaespaldas. Era una pulsera azul y dorada. Esto bien podría no significar nada, pero algo en sus entrañas le decía que las cosas no iban bien. Pensó en el “Panadero” y el incidente del cual su padre, hincha de Boca, le había contado con desmedido rencor.
Todos se ubicaron para comenzar el encuentro. Pero ese malestar interior se volvió insoportable para el zaguero. Le molestaba tanto que no podía sonreír ante las cámaras ni caminar erguido. Se hacía demasiado difícil.
-Sonreí, acordate lo que te dije.- El entrenador estaba furioso.
-Algo está mal… Estoy seguro.
Mientras Pablo decía esto, los custodios de la presidente sacaron las armas. Sin mediar palabra dispararon contra los jóvenes de Morigna. Éste, horrorizado, los veía caer uno por uno con alaridos grotescos. Mizrhai gritaba como una loca y el plomo no daba tregua a las camisetas granates.
Todo ocurrió en cuestión de segundos mientras la policía contemplaba paralizada. El tiempo de reacción fue tan lento que al apresar a los guardias Pablo también había caído. Todos en el estudio miraban atónitos el correr de la sangre y un camarógrafo perdió el conocimiento. El semblante de Morigna expresaba la preocupación de todo el mundo. Un atentado.
El descontrol fluía y Pablo sollozaba en el piso. Estaba boca arriba, perdiendo sangre. Miraba las luces en el techo del Estudio Principal. Ningún cielo azul, ni nublado. Hundido en la tristeza pensaba: Juan tenía razón. ¿A qué hemos llegado?
Fin
Le-Jacarandá
Con todo mi respeto para los hinchas del Club Atlético Boca Juniors. Sin importar el club, el fanatismo y la violencia deben ser condenados.
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