sábado, 9 de julio de 2016

Huracán de Manteles

Señor presidente, mi tío estaba loco. Quizás se parecía más a Phileas Fogg que a Don Quijote. Pero tenía mucho de ambos. Su bigote era llamativo y, por esas épocas, permanecía negro pese al platinado de su cabellera. No usaba trajes viejos, pero estaban hechos jirones. ¡Era cosa de verse! Acostumbraba usar galera… ¡Todo un personaje!
No recuerdo bien cuándo empezó todo señor Viola, pero faltaba por lo menos un año para dicho 9 de Julio. Él ya prestaba extrema atención a todo lo que pudiese saber sobre el Centenario, el festejo correspondiente, los desfiles... Estaba obsesionado y solía ser de los más informados aristócratas de Tucumán.
Lo que sí recuerdo con más detalle, es su reacción ante la  noticia. Era 1915. Estábamos en la plaza dando un paseo. El tío Julio casi se desmaya al oírlo de un viejo amigo. El festejo principal se daría en Buenos Aires. ¿Se imagina su reacción señor?
Don Julio, que se preciaba de ser todo un intelectual pese a su origen humilde, no podía comprenderlo.
-La Independencia fue declarada aquí. ¡¿Qué sentido tiene festejarlo allá?!- Gritaba mientras todos los ciudadanos se volteaban a ver.- Me lo voy a perder.- Dijo finalmente, con amargura.
Al descubrir que su principal preocupación era perderse los actos, lo calmé diciéndole que encontraría la forma de viajar. Aunque no tenía más de quince años, entendí que, en ese momento, yo era el grande. Yo debía contenerlo a él. Pero al decirle eso sembré una idea sin imaginar lo que acabaría pasando.  
Sin desviarnos demasiado, para 1916 ya era un hombre distinto. Comenzó a escuchar tango. Tenía cierta obsesión con Jorge Newbery e investigaba demasiado sobre la vida del aviador y sus recientes hazañas. Eso debió haberme alertado, pero no lo hizo. Más tarde, me enteré de que el joven ídolo popular había muerto piloteando un avión. Al enterarme, un escalofrío me recorrió la espalda, no sabría decirle bien por qué.
Él siempre hizo experimentos raros y solía fabricar maquetas o jugar con químicos, sin embargo, para ese año su actividad se volvió mucho más intensa. Su vida se basaba en experimentar. Era verborrágico, hiperactivo, impaciente y, aún peor: Se estaba quedando sin tiempo.
-¿Tiempo para qué?- Le pregunté en una ocasión.
Don Julio hizo un ademán para que mirara con atención su despacho. Entonces descubrí lo que planeaba y confirmé lo que ya le dije: Estaba  loco. Toda la ciudad lo insinuaba pero ese episodio fue una prueba contundente. Me  mostró un calendario donde una fecha estaba marcada. Nueve de Julio. Viajaría. Todos los pequeños monoplanos que colgaban del techo… Hasta ese momento no me significaban nada. Recordé aquella tarde en la plaza y la conciencia me torturó afirmando que era culpa mía.
-¿Viajarás en avión?- Le pregunté temblando.
-En globo- Me miró con picardía.- Partiré el ocho después de cenar para  volver el diez en la madrugada.
Me quedé pasmado. Viajar de Tucumán a Buenos Aires en globo. ¿Se lo imagina? ¡Pretendía ir y volver en menos de treinta y seis horas! Lo repito, estaba loco. Continuó contándome de su aeronave:
-Compré los manteles de todas mis vecinas y rellené los agujeros con mis camisas viejas. El Huracán II será vistoso; y colorido. Glorioso.- Estaba entusiasmado.
Me habló de cómo diseñó la estructura y de cómo consiguió las piezas más importantes de un inmigrante alemán; hecho que no me consta. Su idea era poco ortodoxa pero brillante. Un mes después, toda la ciudad lo sabía. Las burlas no acababan jamás. Él estaba aislado, sin embargo, la fecha se acercaba y continuaba con los preparativos. Nada parecía importarle. Era un hombre terco, nadie hubiera podido sacarle la idea de la cabeza.
La noche de la partida, mi longevo pariente cenó en casa. Mamá afirmó mil veces no saber por qué se lo consideraba un desquiciado. Papá bufaba ante cada afirmación del tío.
Una vez acabado el postre, el invitado se puso su sobretodo y me pidió que me abrigue para acompañarlo. Mi padre protestó. Mamá lo puso en su lugar. El hombre no destacaba por su carácter. Los ojos de Julio brincaban de aquí para allá.
Era invierno y la noche estaba  helada. De milagro, no había llovido en toda la semana. Los caballos se batieron en una feroz batalla por llegar, antes que el rival, al descampado. El Huracán II estaba más allá de la Ciudadela.
Casi llegando al lugar, mi acompañante dejó unos halagos para Manuel Belgrano y su gesta. También me contó sobre un viejo fortín utilizado por los Unitarios no muy lejos de allí. No solía entrar en polémicas respecto a la historia argentina. Para él todos eran buenos porque, según su opinión, si no hubieran actuado en el escenario nacional, Argentina no hubiera sido el país grande y rico que era por aquellos años. Ni Morenistas, ni Saavedristas, ni Unitarios, ni Federales, no era adepto a tomar partido en ese tipo de debates.
Finalmente llegamos y vi el globo terminado por primera vez. Era imponente. No podía creer que tamaña nave fuera obra de una sola persona. Mi tío estaba realmente loco, lo digo por cuarta vez y no me importa hartarlo con el tema. Me pregunté qué hubiera sentido el piloto del Huracán original. ¿Orgullo? Tal vez. Newbery fue tan temerario como don Julio Suárez.
Pero parecía un remiendo gigante. Pese a su tamaño y majestuosidad, dudé seriamente que pudiera volar.
Él bajó de su caballo y corrió a ver que todo estuviera en orden. Después se volteó hacia mí para decir:
-Es tarde Germán. Vuelve a casa a descansar. Mañana es el Centenario de la Independencia.- Iba a replicarle. Debía hacerlo. Pero entonces, su entusiasmo se fue dando paso al enojo. Tenía que irme. Me arrojó un libro que llevaba en su sobretodo mientras me echaba. Era un aburrido libro de historia.- ¡Para que valores lo que va a suceder mañana!- Dijo tras regañarme por quedarme quieto.
Llegué  a casa con ambos caballos y pasé directo a la cama.
Los hechos del 9 de Julio, señor Viola, no son relevantes. Ni rastros de mi tío Julio. Solo le diré que leí el libro que me dio y me sentí realmente importante por la época en que vivía. Transité el siglo XIX por unos meses y estuve presente en el Centenario de la Patria. De corazón agradezco a aquel hombre por eso.
El Diez de Julio fui al descampado cerca del mediodía. Don Julio me pidió que le llevara un caballo y así lo hice.
Mi sorpresa fue mayor de lo que esperaba al ver el globo tal como lo había dejado, con mi tío dormido en él. Cuando grité su nombre despertó sobresaltado. Afirmó que había llegado unas horas antes y que estaba agotado.
Se puso la galera para narrar detalladamente su aventura. Me contó sobre Buenos Aires, los desfiles, los monumentos, los cañonazos…
-¿Cuántos?- Le pregunté con interés fingido.
-¡Veintiuno!- Contestó con los ojos bien abiertos.
Dijo haber escuchado a alguien gritando “Viva la anarquía” en un desfile y me habló del revuelo resultante en la multitud. Sin intención de ofender su memoria señor, pero no le creí absolutamente nada. Impostando mi curiosidad por el viaje lo llevé a almorzar a casa.
¡Fue la comida más animada que tuve en años! Sus historias, contadas con excelente calidad de lenguaje y expresión circense captaron la atención de la mesa completa sin importar qué tan verídico fuese el relato. Reímos hasta llorar. Todo estaba bien, pero finalmente mi padre afirmó (con muy poco tacto) que Julio no había viajado realmente. El hermano mayor de mi madre se contuvo y se limitó a decir que todo era cierto.
-¿No lo habrá soñado don Julio?- Papá abrió una herida y echó alcohol  sobre el alma de mi pobre tío.- Germán dice que lo encontró durmiendo…
Julio dejó de contenerse y salió de la habitación gritando que éramos todos unos idiotas, que él era sólo un genio incomprendido y que la historia se acordaría de él. Muy a mi pesar, se recluyó en su casa. Puedo contar con los dedos de mano las veces que lo volví a ver. Su globo fue desmantelado por los vagabundos…
Respondiendo a su pregunta, presidente… Yo creo que sí viajó. Una semana más tarde me enteré del atentado contra Victorino de la Plaza. Dicen que el tirador gritó “Viva la anarquía” antes de ser apresado. Después me contaron que, como parte de las festividades, se dispararon veintiún cañonazos… No soy de creer en coincidencias. Es imposible soñar o inventar ambas cosas y que guarden tanta similitud con la realidad.
A fin de cuentas… Julio tenía razón. La historia se acordó de él. No en vano, usted me buscó para oír este relato. La interpretación del mismo queda a su criterio.
Aunque creo que faltan como treinta y pico de años… Me gustaría que usted haga algo para que el Bicentenario se festeje en Tucumán, señor. Por la memoria de mi tío… ¿Podría?


Fin.








Le-Jacarandá.

domingo, 26 de junio de 2016

Rizzardo y un futuro probable

-Nos vemos mañana muchachos. Recuerden dormir bien.- La voz era potente- Mañana nos queda un día difícil y debemos pulir los detalles finales.- El entrenador se veía satisfecho con respecto a otros entrenamientos. Había trabajado duro desde su última derrota remontando la mala racha. Quedaban ya muy pocos pendientes para el próximo partido.
Los jugadores se juntaron en los vestuarios pocos minutos después. Allí tenían todo lo necesario para salir a la calle: sus pelucas, prendas particulares, lentes oscuros y gas lacrimógeno. Todo lo que necesitaban para no verse relacionados con ningún cuadro y en caso de suceder, simplemente para defenderse. “El barrio está peligroso” rezaba con mucha razón un rap rosarino que aplicaba, a su vez, para todos los barrios argentinos. Se dividieron en grupos de tres o cuatro para salir por los diferentes accesos de la Fortaleza granate. Así, camuflados como estaban, salieron sin llamar la atención de cientos de hinchas violentos que se aglutinaban en las puertas.
Mario se refugió en su pequeña oficina y pidió que le trajeran el periódico. Se preparó un café antes de sentarse tras el escritorio e intentar distenderse. Puso las manos en la nuca y se echó hacia atrás mientras miraba los cuadros en la pared. Una camiseta con la distintiva banda roja y el número catorce colgaba enmarcada en medio de los diarios recortados. Su campeonato como jugador, su ascenso como DT y otras noticias relacionadas con él estaban encuadradas en madera costosa.
El asistente llegó con lo que su jefe había pedido. Era tarde pero aún no había leído ni los titulares. El entrenador pudo entonces mirar muchos encabezados interesantes: La negativa de otro futbolista a retirarse en Argentina y más hinchas muertos hacían que el fútbol saltara de la sección “deportes” a las columnas de opinión.
Una nota lo puso realmente nervioso: “Confirman la presencia de la presidente en el enfrentamiento de Lanús con Boca”. Continuó leyendo con manos trémulas. “El agente de prensa de Casa Rosada confirmó a los medios la presencia de la mandataria en el Estudio Principal. La doctora Mizrhai asistirá el domingo para ver al club de sus amores. Esto pone sobre los hombros de Morigna la responsabilidad de ganar o ganar ante el conjunto de La Boca.”
Pablo llegó tarde a casa esa noche, aunque nadie lo esperaba. Venía acompañado por uno de sus amigos: Un zaguero central de origen humilde llamado Juan. La atmósfera era lúgubre. Llovía fino y el frío era fatal. El anfitrión estaba nervioso, efervescente. Su invitado en cambio, se veía desganado.
Entraron al departamento donde el dueño de casa sacó unas hamburguesas de pescado para calentar. Era una conveniente solución para el tema de la comida en días así. Se sentaron a la mesa y el invitado encendió la televisión.
Ambos contrastaban de un modo sorprendente. Pablo tenía apenas veinte años, venía de una familia de clase media y solo había entrado a la cancha como suplente un par de veces. Juan, en cambio, provenía de una familia humilde y tenía ya su trayectoria en el futbol contando con treinta y cuatro años. Sin embargo, ya nada lo sorprendía y parecía tener más ganas de irse que de cualquier otra cosa.
-No voy a entrenar mañana.- Dijo luego de tragar un buen bocado.
-¿Qué?- Pablo se sorprendió ingratamente.
-No voy a entrenar, ya escuchaste.- El golpeteo de la lluvia en el techo hacía difícil oír el partido en la TV. Juan hizo un comentario sobre la jugada que acababan de ver.
-Sos el capitán. No podés fallarnos ahora.- El tono de Pablo se tornó solemne, como el de un padre que recuerda sus obligaciones a su hijo.- “Si disminuyes la marcha, ellos se detienen.” Sos el ejemplo, no podés faltar y…- Tomó aire.- ¿Cómo pensás jugar si no vas a entrenar?
-Tampoco voy a jugar.- Contestó casi sin inmutarse.- Me harté.
-¿De qué?- Hubo un instante de silencio.
-De todo.- Aspiró por la boca.- De salir disfrazado, de jugar bajo la presión de Morigna, de la presidente, del club…- Iba enumerando con los dedos.- También me harté de los estudios… me hacen sentir encerrado… Me harté del fútbol. ¿Sabés? En el resto del mundo es tan diferente…
-Lo es…- Suspiró.
-Los estadios…- Un nuevo suspiro sucedió al de Pablo.- Como antes de que nacieras. Podías ver los partidos como en un teatro.-Se metía más comida en la boca como si la conversación no fuera más que un simple comentario sobre el clima. Lucía abstraído. Tragó y volvió a hablar.- Vos sos un pibe, lleno de ilusiones y sueños… Como yo hace diez años. Pero pasó el tiempo y ascendí en el mundo del fútbol pero mi emigración se volvía cada vez más improbable. Los ataques se volvieron cada vez peores y de a poco caí en la cuenta de que no llegaría a los “teatros”. El juego comenzó a perder su gracia y mis ganas… Se pudrieron.
-Está bien. Te entiendo. Pero no voy a dejar que lo hagás.
-¿Por qué?-El mayor se burló usando las manos como recurso escénico.
- Porque, de este lado de la tele, hay muchos “pibes llenos de ilusiones” que no ven el lado oscuro de todo esto. Capaz que diez o quince años de carrera te hicieron olvidarte de eso.- Los ojos de Juan brillaron en medio de aquel rostro moreno. Pablo había movilizado algo en su interlocutor.- Ellos no esperan verme a mí. Ni me conocen. Esperan verte a vos entrando sonriente con la “dos” y la cinta de capitán. ¿A ellos qué les vas a decir?
El invitado no contestó. Ayudó con la mesa y se volvió a disfrazar antes de irse. Se despidió de Pablo y agradeció la comida. Luego se marchó del departamento.
-¡JUAN!- Gritó Pablo de repente.
-¿Qué pasa?- Preguntó desde el pasillo.
-Tomá un paraguas. Llueve mucho.- El más joven se lo entregó en la mano.- Nos vemos mañana.- Juan asintió. Misión cumplida.
Morigna se levantó diez minutos antes de lo usual por lo que llegó al club antes que  cualquiera. Los jugadores empezaron a aparecer uno por uno y el entrenamiento comenzó media hora tarde. El DT tenía los pelos de punta y no pudo mantener la calma ante ciertas desprolijidades. Estaba nervioso y esto se traducía en un comportamiento irritable.
Finalmente llegó el momento de otorgar las titularidades definitivas. Mario lo hacía de un modo muy particular: tomaba la camiseta y enseñaba el dorsal y se la entregaba al jugador. Así uno a uno.
Primero, tomó una camiseta negra, la del arquero. En la espalda estaba el número uno. Martínez. Un titular indiscutido. Una vez entregada agarró la “dos”, Juan.  También le dio la cinta de capitán poniendo a Gallego como segundo central. Ortiz como lateral por izquierda… Nada nuevo.
Entonces llegó el momento de anunciar al lateral derecho.  Todos contenían la respiración sabiendo a quién había elegido. Número: Quince. ”P. Rizzardo.” Pablo.
-Por ser rápido, incisivo y efectivo. Se lo ha ganado.- Dijo el entrenador abriendo los brazos con un pedido implícito de aplauso. El rumor de las manos chocando alegraba a todos. Lo había logrado, escalón por escalón. Había entrado de suplente, había tenido minutos y había entrenado tanto…
Una vez acabada la práctica, Mario le pidió a Pablo que se quedara un momento a conversar con él. Este hizo caso y postergó la hora de los disfraces.
-¿Sabías, Pablo, que mi trabajo está en juego?- Preguntó el entrenador intentando parecer tranquilo.
-Se lo juro señor, no... –El jugador temblaba.
-¿Sabías que la presidente va a vernos no?- Soltó una risa breve y amarga.- Si ella lo dispone… puedo terminar en la calle.
-Y… ¿Para qué me cuenta esto señor?- Estaba asustado. No sabía qué esperar. Junto a las orejas de su mentor había un par de canas y el bigote que alguna vez fue negro  se alzaba hacia la nariz en movimientos involuntarios.
-Porque quiero que sepás lo que está en juego.- A Pablo le costaba hacerse a la idea de que alguna vez Morigna estuvo en su lugar, incluso jugaba de “cuatro” como él. Poner esa carga sobre los hombros de un jugador le parecía una mala idea. Sin embargo no lo expresó en voz alta por miedo a perder su puesto.
Su corazón latía rápidamente esperando que el DT agregue algo.
-Pero… No voy a exigirte nada. Quiero darte un mensaje… Algo así como mi testamento, para que lo cumplás si no tengo continuidad.- Hizo una pausa para que las palabras repercutieran en su pupilo.- Si me echan, prometeme que nunca vas a perder ese entusiasmo de joven.- Realmente sonaba como un testamento, un legado.-  Que sea parte de vos y que sea contagioso. Sólo eso puede salvar a nuestro fútbol de la mugre en que se ha metido. Solo eso va a producir el cambio.- Pegó la media vuelta y se fue sin despedirse por lo que las palabras se grabaron a fuego en Pablo.
Salió del entrenamiento y llegó a casa. Se acostó a dormir lleno de dudas pero tenía algo en claro: debía jugar bien y no perder el entusiasmo.
Al día siguiente, todo el plantel se reunió en el Estudio Principal. En el vestuario. Una vez estuvieron todos ahí, la presidente entró con una custodia importante para dar sus palabras de aliento. Vestía un clásico traje negro aunque bajo el saco podía verse la camiseta granate de Lanús. Se dirigió a los muchachos con un simple “confío en ustedes”. Pablo agudizó la mirada al ver que algo brillaba en la muñeca de un guardaespaldas. Era una pulsera azul y dorada. Esto bien podría no significar nada, pero algo en sus entrañas le decía que las cosas no iban bien. Pensó en el “Panadero” y el incidente del cual su padre, hincha de Boca, le había contado con desmedido rencor.
Todos se ubicaron para comenzar el encuentro. Pero ese malestar interior se volvió insoportable para el zaguero. Le molestaba tanto que no podía sonreír ante las cámaras ni caminar erguido. Se hacía demasiado difícil.
-Sonreí, acordate lo que te dije.- El entrenador estaba furioso.
-Algo está mal… Estoy seguro.
Mientras Pablo decía esto, los custodios de la presidente sacaron las armas. Sin mediar palabra dispararon contra los jóvenes de Morigna. Éste, horrorizado, los veía caer uno por uno con alaridos grotescos. Mizrhai  gritaba como una loca y el plomo no daba tregua a las camisetas granates.
Todo ocurrió en cuestión de segundos mientras la policía contemplaba paralizada. El tiempo de reacción fue tan  lento que al apresar a los guardias Pablo también había caído. Todos en el estudio miraban atónitos el correr de la sangre y un camarógrafo perdió el conocimiento. El semblante de Morigna expresaba la preocupación de todo el mundo. Un atentado.
El descontrol fluía y Pablo sollozaba en el piso. Estaba boca arriba, perdiendo sangre. Miraba las luces en el techo del Estudio Principal. Ningún cielo azul, ni nublado. Hundido en la tristeza pensaba: Juan tenía razón. ¿A qué hemos llegado?
Fin






Le-Jacarandá

Con todo mi respeto para los hinchas del Club Atlético Boca Juniors. Sin importar el club, el fanatismo y la violencia deben ser condenados.
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